Una mañana soleada de invierno.
Los rayos del Sol atraviesan los agujeros de la persiana y chocan directamente contra mi cara. Maldita sea, anoche no cerré bien la persiana...
Me incorporo un poco con la intención de cerrarla por completo, pero en ese momento, cambio radicalmente de opinión y decido aprovechar el día. Venga, vamos...
Abro la persiana por completo y me arrepiento de haber querido cerrarla segundos antes. Me encuentro con un bosque frondoso y blanquecino que pareciera haber sido llenado de espuma por niños atrevidos, inconformistas y juguetones. Las montañas, a lo lejos, jactándose de ser la única y mayor pureza que pueda existir. Los pájaros, volando hacia la deriva, simplemente disfrutando del paisaje y de su habilidad innata para vencer la gravedad. Las lágrimas de zafiro, fruto de la espuma de los niños juguetones y el calor maternal de los rayos del Sol, que se deslizan por el cristal de la ventana creando caminos tan irregulares como perfectos...
Sin duda alguna, la Naturaleza influyó en mi cambio de opinión para permitirme disfrutar de esas maravillas de la vida. Se lo agradezco.
Tomé mi ropa de abrigo y preparé una maleta para pasar el día fuera. No fue necesario explicarle a mi pareja por qué hacía eso, sólo bastó con mirarme a los ojos y ver el brillo que resplandecía como a los de una niña ilusionada que acaba de descubrir lo que esconde una simple portada del cuento "Caperucita Roja" tras ser contado e interpretado por su madre.
Mi pareja... Más que eso, es mi alma gemela. Tan parecido a mí por dentro, a la vez que tan diferente por fuera. Se asomó a la ventana y terminó de comprender lo que el día nos ofrecía.
Fuimos a la playa.
Caminamos por la orilla de la arena blanca y nevada en silencio, mientras sentíamos el calor helado en nuestros rostros y la melodía de las olas acompañada por el canto de las gaviotas.
Todo brillaba. Parecía un concurso de resplandor en el que participaban la nieve y el mar. Sin embargo, más allá de lo que a primera vista parece una competición, se observa cómo la nieve se enamora del mar y decide huir con él. Éste, tan caballeroso, acude a recogerla y la ayuda a fundirse en el mismo océano.
Ese día se hizo perfecto cuando mi pareja y yo comenzamos una batalla de bolas de nieve. Parecieran fuegos artificiales explotando cuando la bola chocaba contra su cuerpo.
Un juego para críos, sí, pero precisamente éramos eso en ese momento.
Me ganó. Y yo, en lugar de pedir una revancha, me abalancé sobre él y acabamos tirados en el agua helada. Lo lógico sería levantarse rápidamente para evitar cualquier constipado.
Nosotros seguimos tumbados, besándonos...
